31 oct 2015

UNA INTRODUCCIÓN A LA LUCIÉRNAGA




          Mariano Azuela, el novelista que había defendido y puesto en práctica la documentación fidedigna de la realidad, el uso de un lenguaje claro y conciso accesible al pueblo, para rentabilizar de ese modo su propósito pedagógico, emprendió en 1923 una insólita aventura ulisíaca, seducido por las sirenas del arte llevando a término la escritura de tres novelas herméticas que constituyen un paréntesis dentro de su narrativa. La observación de la sociedad le siguió aportando la materia literaria, pero ahora estaba tan artísticamente transformada, que sólo era apta para ser entendida por una minoría. Espasa Calpe editó en 1932, tras algunos avatares, La luciérnaga, la última de este periodo, que representa la culminación de esta técnica inédita en él, inspirada en elementos foráneos. Pese a sus innovaciones, no llegó a tener el impacto comercial que esperaba y Azuela volvió, tras este inciso, a retornar a su habitual forma de narrar.

         Mucho se ha escrito sobre los motivos que llevaron a un autor forjado en la tradición del naturalismo francés y del realismo social a dar un viraje tan drástico en sus principios estéticos, traicionando su propia concepción de la novela. Parece ser, según palabras del autor 1, que tras el fracaso de sus novelas anteriores, cansado del anonimato, decidió, pese a las reticencias, experimentar con las nuevas técnicas narrativas procedentes de Europa y E.E.U.U., para ganarse de ese modo, el reconocimiento internacional y el prestigio editorial. Prueba de ello fueron sus fallidos intentos para que fuese Gallimard, la que se hiciese cargo de la edición y la previa publicación de varios capítulos de la obra en revistas como Ulises y Contemporáneos, conocidas en el medio vanguardista europeo.2 La malhora, la primera de este periodo, se redactó en 1923, dos años antes del “descubrimiento” de Los de abajo que catapultó a Mariano Azuela como autor por antonomasia de la Novela de la Revolución. En 1925 escribió El desquite y en 1926, la última de sus novelas herméticas: La luciérnaga, tras la cual finaliza la etapa experimentalista. A raíz de las argumentaciones esgrimidas por Azuela en 1951, Eliud Martínez afirma, utilizando una expresión de Ortega y Gasset, que el autor se sintió impelido a evolucionar dictado por la altura de los tiempos, no eludiendo mencionar la ambivalente actitud que mantuvo el novelista durante toda su vida hacia la nueva novela a cuyos artificios sucumbió en el paréntesis creativo de estos años.3

                Por otra parte, pese a sus numerosas innovaciones, puede afirmarse que Azuela no abandonó del todo su adherencia a sus principios estéticos. Tampoco pudo desembarazarse de la carga moralizante y de denuncia social. En cada una de las tres obras subyacen elementos propios del naturalismo, además de reiterarse temas tratados en sus primeras novelas que constituyen una constante en el autor, hecho que puede cercenar, de algún modo, la supuesta traición a su concepción novelística. Sigue siendo por tanto, el meticuloso observador de antes, pero, como él mismo declaró, era necesario en ese momento, dar un paso más en la realidad,4 sugerir esa otra parcela solamente accesible a través de la intuición, para lo cual se adentró en los inextricables caminos del pensamiento, sustituyendo la linealidad objetiva por un tiempo más íntimo y subjetivo a la manera bergsoniana, donde la memoria reconstruye el pasado a trazos, con sus elipsis y sus pertinentes cambios de espacio, desde un presente que no se para, que sigue fluyendo, a veces de forma trepidante y otras con una morosidad casi tediosa, incluso alucinante, reflejo del estado mental de sus personajes. La luciérnaga incorpora el experimentalismo y un complejo uso de metáforas, símbolos mitológicos, y referencias intertextuales de distinta naturaleza especialmente destacables en esta obra, cuya imbricada arquitectura, encierra en sí misma la clave de una novela sumamente hermética susceptible de interpretaciones varias, exigiéndose para ello, una particular lectura laboriosa y meditada, fruto de un afán por parte del autor, de trascender los límites espacio-temporales impuestos en la narración. Todo ello hace necesaria en última instancia, la cooperación del lector, cuya implicación activa, presupuesta por el autor, es un rasgo más de la modernidad de la que hace gala la obra.

           Pese a su valor intrínseco hay que incidir en la poca repercusión que La luciérnaga tuvo en su momento; la desatención crítica, en parte debida a las condiciones socioculturales por las que atravesaba el país, favorecida al mismo tiempo por los mismos juicios ambivalentes de su autor, la relegó al olvido. En los últimos años, y tras su reciente revalorización se ha convertido en un hito, un punto de referencia de la literatura mexicana del siglo XX, hasta el punto de llegar a afirmarse, que a través de ella la narrativa entra de lleno en la modernidad.5 Además de constituir junto a sus dos predecesoras: La malhora (1923) y El desquite (1925) una isla dentro de su producción narrativa, es un ejemplo de la confluencia de tendencias dispares de una época de encrucijada cultural, donde se hizo necesario desembarazarse de antiguos ropajes o superponer a éstos otros nuevos más vistosos y acordes con los tiempos. El género narrativo requería para su supervivencia, adaptarse a la nueva situación del arte. La representación mimética de la realidad evidenciaba su obsolescencia ante un mundo complejo, fragmentado, que imponía visiones relativistas, susceptibles de interpretaciones divergentes, que ya entonces, tenía en las artes plásticas, su propia forma de expresión.

                 Durante la década de los 20 y parte de los 30, la novela experimentó con las nuevas tendencias vigentes en Europa y E.E.U.U., consciente de la necesidad de renovarse. En México a este proceso se sumó el problema añadido de la búsqueda de la identidad a través de la literatura, generando discrepancias en cuanto a la concepción de la nueva novela. Las instituciones gubernamentales intentaron implantar un tipo de literatura concordante con el proyecto revolucionario como modo de afirmación nacionalista, que derivó en la Novela de la Revolución. La progresiva politización del tema nacional llevó a la identificación del pueblo mexicano con lo indígena, lo popular, rechazando todo elemento hispánico, ligado tradicionalmente a la alta burguesía. Los Contemporáneos, por el contrario, tenían un concepto universal de la cultura; abogaban por la total independencia del arte, defendiendo una novela revolucionaria en sentido estrictamente literario. Sus teorías, tachadas de aristocráticas y extranjerizantes, conllevaron a la estigmatización de todos sus integrantes.6 En este contexto, la obra de Azuela logró ubicarse en una vanguardia propia,7 contentando de ese modo a ambas facciones. Prueba de ello fueron los elogios de un sector de la crítica, por ver en sus tipos, sus diálogos vividos y sus ambientes, elementos autóctonos que avalaban la mexicanidad que propugnaban, y la reproducción de los Contemporáneos en sus revistas, de varios fragmentos de La Luciérnaga como ejemplo de su propia concepción narrativa. 
          Examinaremos en este trabajo los principios estilísticos que convierten estas obras en modernas en un proceso gradual ascendente que culmina en la perfección técnica de La luciérnaga, discriminando la procedencia de elementos técnicos y formales. En esta obra se refleja, más que en ninguna otra, la influencia que supuso el contacto con los Contemporáneos, idea avalada por el motivo del viaje que configura la novela, el estudio psicológico de sus personajes, la profusión de elementos mitológicos y referencias literarias, y en definitiva, ese afán implícito en su estructura por superar la transitoriedad., razones por las cuales, no parece osado interpretar un gesto de complicidad entre el autor y el grupo.

             El viaje ulisíaco de los Contemporáneos se convertía en una búsqueda de la tradición europea para trazar desde ella el futuro de la cultura mexicana. Asumieron el mito de Ulises como emblema de modernidad y símbolo de la tradición literaria universal. Sólo traspasando los límites geográficos era posible valorar y expresar aquello que los definía como nación. Los motivos del viajero y el retorno están en la base argumental de muchas de sus novelas, concebidas como una indagación, no sólo de posibilidades artísticas, sino de la propia identidad, pues consideraban que sólo con el distanciamiento y la introspección podía el hombre hallar su camino. Al mismo tiempo, todas las novelas de los Contemporáneos contienen reflexiones metaliterarias, alusiones al proceso mismo de la creación.8

         Azuela, también emprendió su particular viaje homérico. Partió de su patria movido por la curiosidad, con el ánimo de ampliar su horizonte y tras un tiempo en tierras extrañas, le avino la añoranza, la estima de lo que dejó atrás, y sintió, como el hijo pródigo, la acuciante necesidad de retorno. En esa distancia adquirió la perspectiva necesaria para vislumbrar su propio camino. Azuela entendió que le correspondía cumplir una misión determinada y esa sólo podía desempeñarla escribiendo en el lenguaje del pueblo. Otra cosa es que su nulo éxito como novelista lo llevara a experimentar con nuevas técnicas finalmente postergadas ante el inesperado reconocimiento de Los de abajo
                                                                    
                                                                María Romo
                                                 (Introducción al TFM: La luciérnaga de Mariano Azuela)

1 Azuela, M. Páginas autobiográficas, México, FC, 1974, p.170.
2 Torres de la Rosa, D.,<< La primera recepción de La luciérnaga de Azuela: desafío artístico y prestigio autorial>>, Centros de estudios lingüísticos y Literarios El Colegio de México, México, 211, vol.22, nº2, pp.48-53.
3 Martínez, Eliud, Mariano Azuela y la altura de los tiempos, Guadalajara, Gobierno de Jalisco, 1981, p.18. 
4 Azuela, M. Páginas autobiográficas, México, FCE, 1974, p.182.
Martínez, Eliud, Mariano Azuela y la altura de los tiempos, Guadalajara, Gobierno de Jalisco, 1981, pp.115-120.
6 García Gutiérrez, R., Contempráneos, la otra novela de la Revolución mexicana, Universidad de Huelva, 1999, pp.13-73.
7 Torres de la Rosa, D.,<< La primera recepción de La luciérnaga de Azuela: desafío artístico y prestigio autorial>>, Centros de estudios lingüísticos y Literarios El Colegio de México, México, 211, vol.22, nº2, p.57.
8 García Gutiérrez, R., Contempráneos, la otra novela de la Revolución mexicana, Universidad de Huelva, 1999, pp.207-235.

                                                                                              

22 mar 2015

VEINTICUATRO HORAS DE LA VIDA DE UNA MUJER

                                                                                                M. Romo


       Revela Stefan Sweig un gran conocimiento de las pasiones humanas y una capacidad para la impostura, sólo otorgada a las grandes plumas, en esta novela marcadamente psicológica, donde el autor, como en muchas otras de sus novelas, dejó de ser el mismo para adentrarse en el alma de sus personajes. En este caso, una mujer obsesionada por un incidente transcurrido en el pasado.

El modo en que se plantea la historia, suscita desde las primeras líneas el interés del lector, ávido en todo momento por conocer los detalles del suceso que alteró la apacible rutina  de una pequeña pensión de la Riviera francesa, espacio tradicionalmente idóneo para hacer desatar pasiones fortuitas. La desaparición de Madame Henriette, esposa de un comerciante, origina en un primer momento, inquietud. Más tarde, a raíz del descubrimiento de una carta en la que anuncia su partida con un joven al que apenas había conocido horas previas a su marcha, los contertulios de la pequeña pensión se enzarzan en una fuerte reyerta que divide en dos bandos de opiniones antagónicas al grupo de huéspedes. Solamente la voz del narrador,  testigo directo del  suceso y participante activo en la trifulca, se erige en su defensa, y ya sea llevado por un afán de ejercicio dialéctico o por deferencia a Madame Henriette, se empecina en atenuar su falta. La anciana Mistress C. rompe su habitual contención mostrando inusitado interés ante los argumentos esgrimidos por el que califica tal acto de valiente, y viendo en él al idóneo confidente, persuadida por un tácito deseo de confesión, se aventura a citarlo en la intimidad para narrarle una historia de asunto similar acontecida veinte años antes. Empieza de ese modo, el relato de un episodio de su vida que había silenciado hasta entonces.

    La estratagema ideada por el autor para dar sensación de veracidad a los hechos, denota  una gran pericia narrativa. La defensa del caso de Madame  Henriette, tendrá como consecuencia la confesión privada de la dama innominada que se esfuerza por dar explicación justificada a su falta, cuyos pormenores, llega a conocer el lector a través de la transcripción final de los hechos por parte de su interlocutor. Será el narrador, confidente de la dama en ese momento, y por tanto, único sabedor de su secreto, el que traicione años después su confianza haciendo público su relato a través de su escritura, convirtiendo de ese modo en veraz, la premisa de que cualquier acto compartido confidencialmente, es finalmente susceptible de ser divulgado. La novela en sí es la prueba de esa traición, traición que pretende dirimir por el tiempo transcurrido y por la referencia a los artífices de la historia a través de meras iniciales, eludiendo con ello sus nombres. 
  
 Recurso similar a éste de cajas chinas, donde una historia subsidiaria lleva inserta otra, es utilizado en Una partida de ajedrez. En esta novela, el asunto inicial se presenta igualmente como marco del relato principal. Del mismo modo, un personaje secundario que retarda su aparición, desplaza para sí el foco de atención, convirtiéndose en principal protagonista de la historia, relatada mismamente en primera persona, reiterándose igualmente el salto a una secuencia temporal pretérita. El suceso narrado proyecta luz sobre el asunto en el que versa el discurso asentado en el presente.  En Una partida de ajedrez, no es el juicio discrepante de uno de los contertulios el que abre la posibilidad a la narración, sino la incursión de un misterioso personaje dentro de un grupo de aficionados que habían desafiado al unísono a un afamado ajedrecista, el que da pie a la segunda historia. El intruso, que se manifiesta digno contrincante del experimentado ajedrecista consiguiendo la victoria para el grupo, da relación detallada en privado al narrador, de las circunstancias del pasado que le  llevaron a adquirir su peculiar destreza y del peligro que para su salud conlleva revivir tal experiencia. 
Centrándonos en Veinticuatro horas de la vida de una mujer, el discurso donde la protagonista se explaya en su confesión, alterna no pocos y elocuentes silencios que van marcando el tránsito entre los distintos capítulos en los que va descubriendo, en un proceso cercano al psicoanálisis, partes oscuras de su alma que habían sido veladas inconscientemente,  sentimientos que el tiempo trató en vano de desterrar y que al ser revividos en la distancia, emergen con la clarividencia propia del distanciamiento y la madurez que los muchos años  le otorgan.

            
       La novela abre el debate a un tema crucial que versa sobre la pasión femenina. ¿Qué alberga el pensamiento de una mujer que disfruta aparentemente de una vida plena para hacerla virar drásticamente por derroteros tan imprevistos e inciertos, actuando de esa manera, tan desconcertante para el resto? Los representantes de esa burguesía contra la que carga subrepticiamente  el narrador, sienten ante esa conducta amenazados sus sólidos principios y no encuentran otra explicación al desvarío perpetrado, que la liviana naturaleza de Madame Henriette y coinciden en su denostación. A la morigerada burguesía de la época, preocupada exclusivamente de la apariencia, le estaba vedado planteamientos de índole distintos a los por ellos establecidos. Qué insípida y vacía debía ser la vida de una mujer a la que se le exigía el cumplimiento de preceptos y normas de conducta, sumisión y contención; qué insufrible la morosidad cotidiana para que prenda en ella la llama de una pasión tal, que desde el principio y por su naturaleza está abocada al fracaso. Esa especie de inconformismo o valentía como la califica el narrador, entraña un deseo tácito de sentirse viva fuera de esa sociedad acartonada de olor a naftalina que anula sus instintos; un afán por ahuyentar el vacío, el sopor; supone la cristalización de una apremiante necesidad de cambio, a sabiendas o no de un destino incierto, y todo ello, con la certeza  del consecuente estigma que su acción conlleva.

 La transgresión por parte de la mujer, del orden social impuesto, es un rasgo reiterado en la literatura del XIX. Mme Bovary, Ana Karenina o la misma Ana Ozores de La Regenta se convierten en auténticas heroínas por perseguir sus propios deseos en vez de sucumbir a la inercia de perpetuar los ajenos. Esta transgresión imaginaria permite un escape total en la lectura, de ahí la fascinación que este tipo de personajes provoca en el lector. Lejos del moderno constructo de la imagen femenina, la sociedad burguesa había erigido el hogar como el recinto exclusivo de la mujer. Esta domesticidad, la recluía en la esfera privada, y la condenaba a la inacción más lacerante. La mujer burguesa llegó de ese modo, a representar el arquetipo de la feminidad. Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelly, se anticipó a su época condenando ya por entonces, la educación que se daba a las mujeres porque deformaba sus valores con “nociones equivocadas de la excelencia femenina”. En este contexto, el tema de las relaciones ilícitas, fue usado frecuentemente en la literatura como paradigma de crítica social. Stefan Sweig, empezado el siglo XX, se sintió igualmente atraído por los amores prohibidos, convirtiéndolo en uno de los temas más recurrentes de sus novelas.

En el primer caso expuesto por el narrador, el lector desconoce los motivos que impulsaron tal conducta. Madame Henriette estaba casada, disfrutaba de una vida aparentemente plena. El abandono del hogar tiene repercusión pública. El caso relatado retrospectivamente en primera persona es bien distinto, pues el incidente fue silenciado durante años por la protagonista, que  en su momento, a lo sumo, pudo manifestar ante los ojos ajenos, atisbos de desequilibrio psíquico. Pese a la brevedad de la relación establecida, toda la vida de Mistress C. parece haber girado en torno a esas veinticuatro horas, quizás más intensamente vividas que el resto de su existencia.  En el momento del encuentro, hacía tiempo que había enviudado y sin embargo, de su comportamiento se infiere que subyace en ella un sentimiento de culpa congénita propia de la sociedad que representa. A través de su relato, llegamos a conocer paso a paso, cómo una acuciante sospecha de peligro, verificada posteriormente en el desenlace, la impulsa a tomar la iniciativa y presentarse ante el joven con la intención de salvarlo; cómo se ve abocada finalmente a pasar la noche junto a él; la paulatina evolución desde su inicial y distante admiración, al miedo ante su atrevimiento, compasión hacia su precaria situación, deseos de redimirle del vicio que lo ha conducido a la desesperación y lo ha llevado irremisiblemente a barruntar la idea del suicidio como solución, hasta finalmente evidenciarse en ella el despertar de una pasión aletargada.  Sólo un alma indolente en idénticas circunstancias hubiese actuado de forma diferente. Ahora bien, aquella repentina resolución de tomar la iniciativa, abandonar su posición social y huir con un desconocido mucho más joven que ella para mantenerlo y auxiliarle, puede ser interpretado como un perentorio intento de superar el sentimiento de nulidad de una mujer, sumida en un tedio existencial, que ve truncada su posibilidad de amar y ser amada, de hacer virar su vida por derroteros bien distintos a los vislumbrados en su posición, a la que en definitiva, no satisface el restringido papel que la sociedad le impone.

 La descripción de ambas damas por parte del narrador es altamente elocuente. “Madame Henriette, fina, exquisita, siempre muy retraída” paseaba constantemente por el jardín mientras su marido jugaba al dominó. 

Mistress C., la anciana y distinguida dama inglesa, era la presidenta de honor, tácitamente elegida, de nuestra mesa. Sentada en su sitio, erguido el cuerpo, siempre alegre y cordial con todos, siempre silenciosa y al mismo tiempo dispuesta a escuchar con deferente interés, ofrecía un aspecto físico sumamente agradable; una maravillosa paz y recogimiento se reflejaba en su exterior aristocráticamente reservado.

Muchas mujeres de la opulenta sociedad burguesa debieron de sufrir de tedio, de aburrimiento, de melancolía de reminiscencias románticas o del  bien llamado ennui  decadentista. No pudiendo soportar la mediocridad, pasan su vida en busca de algo excepcional. ¿No es acaso este sentimiento exclusivo de almas próceres? Giacomo Leopardi, uno de los más insignes poetas románticos, escribió al respecto:

El aburrimiento es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. No es que yo crea que del examen de tal sentimiento nazcan aquellas consecuencias que muchos filósofos han extraído de él; sin embargo, el no poder estar satisfecho de ninguna cosa terrena, ni, por así decirlo, de la tierra entera; el considerar la incalculable amplitud del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número de mundos infinitos, y el universo infinito, y sentir que nuestro ánimo y nuestros deseos son aún mayores que el mismo universo, y siempre acusar a las cosas de su insuficiencia y de su nulidad, y, padecer necesidades y vacío, y, aún así, aburrimiento, me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana. Por eso el tedio es poco conocido por los hombres de escasa importancia y poquísimo o nada por los otros animales.
                                                      

19 jul 2014

IN PAENE UMBRA

      El día en que se hizo la luz, sobrevino a su imagen la sombra, como al haz su envés, al verbo su mudez, a una mano la otra.
     Confinada la sombra, desea con avidez someter al ámbar incandescente, por cuya aura enceguecida, humosa se erige, sin saber que su extinción conllevará su propia muerte.
       Es su sino ser la parte oscura de la luz, cuyo poder por siempre reclama. ¿Acaso no es el fuego el que devora las alas de las mariposas imantadas, alumbra platónicas cavernas, funde corazones de plomo y papel, templa gélidos cuerpos, esculpe yerros, todo lo reduce a nada?
      Conquistando los recovecos, rampa esquinada en sus dobleces, afilando cuchillos y espadas, o repta su manto denegrido por la ínfima superficie, cuando no esparce envanecida licuada mácula. ¿No ves que estás hecha de bruma, que pronto la noche disipará tu porte de humo y el viento del norte tornará invertida al fuego su ceniza?

      Deliras al no poder conservarte, sombra, extinta la luz que te sustenta, ni codiciarla en exceso. La diosa consumió su inmortalidad al reiterar el baño de llamas. Mas no pienses que tu nombre sobra. ¡Huye a la tibia insipidez! Ella te otorgará la videncia que nunca tuviste. Luna nueva, hueca tierra, sombra nada. Confórmate con los destellos que acrecientan tu penumbra. El fuego irisará tu cerco y verás surgir, de entre tus piedras, la lumbre.


María Romo, "In Paene Umbra", ALQUIMIA DEL FUEGO Antología heterogénea de poesía, prosa poética y microrrelato, Sarah Schnabel, Santiago Aguaded Landero, Jack Landes,  Amargord ediciones, p. 464.

21 abr 2014

Carmen Laforet desde la sombra

                                                                                                 M. Romo
      
         En las novelas cortas de Carmen Laforet aparece todo un repertorio de beatas, indigentes, familias numerosas que viven estrecheces, burgueses empobrecidos, universitarias que terminan siendo laboriosas madres de familia, piadosas y grises avaras, huerfanitos a lo Dickens, más cercanas al realismo, más hispanizadas. Pudorosos en los pensamientos, sus personajes femeninos conocían el autosacrificio como algo congénito. Mujeres de cara lavada, primorosas y hacendosas como las abuelas de la posguerra, de trajes intemporales o pasados de moda.
       Son historias que se desarrollan en edificios con balcones enrejados y fachadas blancas ennegrecidas por los humos y los gases, en hospicios, en casas de vecinos, en apartamentos densificados por metro cuadrado.
       
      ¿Por qué apenas trataban los manuales de entonces a Laforet, autora que ganó el premio Nadal por su novela Nada en 1944, cuando se estudiaba reiteradamente, año tras año, a Sánchez Ferlosio, Sender, o Cela? Era de presumir que reciente la transición, no hubiese despuntado aún la crítica feminista. Y ahora, ¿por qué sigue sin leerse? Vestigios de una época quizás… ¿A quién le interesan las lúgubres historias de una autora extinta que tratan de la posguerra? -Más con la proliferación de bestseller que circulan, cuyos protagonistas se embarcan en  aventuras  menos manidas –me dirían-
      
      Laforet sitúa sus historias en los años de la posguerra. ¿Cómo nos pueden complacer hoy esas historias? Nuestra generación se ha vuelto más egoísta, y los nuevos hijos de la opulencia, desconocen el significado de palabras que heredamos de nuestros padres y que tanto platicaron nuestros abuelos. Sus protagonistas son mujeres atípicas en las que en muchos casos se produce una transformación tras adoptar la decisión de cambiar sus vidas. Son excéntricas, locas, soñadoras, rebeldes e inconformistas. 
   
       Retrata magistralmente Carmen Laforet, el conflicto entre el idealismo y la realidad, la bondad humana, el sacrificio, la integridad moral, la solidaridad, el valor de la amistad, la generosidad, el saber asumir las consecuencias de nuestros actos. No elude criticar la espiritualidad mal entendida, la falsa beatería de otros seres, esta vez opacos, de cierta tradición literaria –recuérdese las obras del mismo Galdós- de los cuales quedan hoy vestigios transmutados: usureras, solteras o viudas, mujeres que sienten una morbosa delectación por martirizarse con la precariedad innecesaria, prestidigitadoras de la moralina que flagelan sus ansias y encriptan sus vidas pensando en aquella otra que les aguarda. Siempre apenadas por las desdichas sin nombre cuando bien se muestran miopes con las más allegadas, aquéllas que con un simple gesto podrían remediar. ¡Es tan fácil apiadarse de lo remoto y sentir indiferencia o justificar la indigencia vecina sin hacer amago alguno por paliarla! Y para acallar la conciencia, la tarde del sábado, a celebrar el rito de la eucaristía de donde salen inmaculadas, embravecidas, crecidas en soberbia.  

       Era la forma típica de hipocresía que adoptó una época, pero hoy día, ¿acaso no han prosperado otras muchas? Tantas, que nos desorientan y descorazonan. Basta con saber mirar con las lentes apropiadas y dilucidar la mentira que a menudo nos circunda, mucho más sofisticada en envolturas, más depravada. La sociedad retratada por Carmen Laforet se me antoja entonces, ingenua, hasta ilusa.
    





18 feb 2014

DOS APUNTES DE WASHINGTON IRVIN

                                                                                                             M. Romo

“Hay momentos en que el espíritu, propicio para la meditación, se sustrae naturalmente al tumulto y busca algún sitio solitario para abandonarse a sus delirios y construir, tranquilamente, sus castillos en el aire.”
    
     Empieza así Mutabilidad de la literatura, uno de los apuntes literarios del hispanófilo Washington Irvin, en el que, a modo de relato fantástico, identificado el autor con el personaje principal, se narra la conversación mantenida con un libro antiguo hallado en una biblioteca. 
       Se compadecía el in quarto, por hallarse sepultado bajo el peso de los siglos, despojado de esa inmortalidad en otro tiempo ensalzada, tornada efímera ante la indiferencia del mundo. Intuía su interlocutor ya entonces, el desapego de las nuevas generaciones que apremian por amortajar a sus viejos autores, ignorando la sabiduría de éstos, tan lenta y arduamente asimilada, transmitida y finalmente arrumbada en el desván de las cosas caducas, invalidada ante la renovación de los tiempos. Denuncia con ello, la mortalidad de los clásicos, de los que el mundo parece vengarse por haberles despertado la conciencia y obligado a imaginar paraísos inalcanzables.
     
   Reflexionaba el autor sobre las variaciones del lenguaje, considerándolas una sabia precaución de la providencia, pues así  como la naturaleza selecciona y sustituye a sus especies, una ley similar debía aplicarse a  las obras, sin la cual, “la potencia creadora del genio invadiría al mundo y el espíritu se perdería en el inmenso laberinto de la literatura.” Preconizaba entonces, que en la posteridad, la sola variación del lenguaje no sería suficiente para paliar la invasión de libros. Ciertamente, pues si hoy viviese el autor, sería espectador de cómo el laberinto ha dado paso a una selva de inextricable espesura donde apenas es posible hallar la especie única, el texto que el tiempo encumbre. Ante la inabarcable profusión de obras, la dificultad de vislumbrar en la caterva, al genio, al visionario.
     Como aquel in quarto antiguo que rememoraba pasadas glorias y se lamentaba de la ausencia de lector contemporáneo, cuántas buenas obras permanecerán en la sombra durante el tiempo en el que han sido escritas por ausencia de lectores que prefieran lo anodino y lo superfluo, quebradizas construcciones sujetas a las mudanzas del tiempo y a los caprichos de la moda.
    
    La gran mayoría de escritores que creen haber suplantado a los grandes autores antiguos, pronto verán dónde les lleva sus ínfulas cuando las tinieblas los envuelvan y ningún sabio considere digno dedicar esfuerzo alguno en dilucidar su sentido por exiguo y vacuo. 
   
  Se prefiere el ruido al silencio, el tumulto a la soledad bien avenida, amiga de revelaciones. La nueva humanidad busca formas más sofisticadas de acallar la conciencia, paliativos a la desidia y al hastío cuando no se apropia del legado de nuestros ancestros tergiversando sus significados, tornando ambiguo sus sentidos, contribuyendo a la ampliación de la gran biblioteca de Babel que tan magistralmente describió Borges. 
    Cada lector que seleccione lo que le sea provechoso pero, ¿acaso tiene capacidad de dilucidarlo? La crítica apenas ejerce su poda y autores dignos de forjar su inmortalidad, se ven eclipsados ante tanta proliferación de malas hierbas y viñas trepadoras -como los llamaba Irvin-  que medran a su amparo.
   
    Continúa el autor embistiendo contra los malos autores en El Arte de hacer un libro, historia en la que el personaje narrador traspasa furtivamente la simulada puerta de un recinto, y haciendo uso de buenas dosis de ironía y humor, va desvelando paulatinamente al lector, al mismo tiempo que él mismo descubriendo, el procedimiento del que hacen gala algunos escritores para crear sus obras y cómo aquellos extintos, caídos en el olvido, son “las fuentes secretas donde autores modernos fecundan la esterilidad de su imaginación”, y tomando de uno y de otro, componen una amalgama heterogénea, sino pastiche, de efectivo resultado comercial. En esta inmensa biblioteca de Babel, ímproba tarea se vislumbra, la exégesis de un libro.
    
        Remite de nuevo a la naturaleza para explicar este fenómeno: “Del mismo modo que los pájaros transportan sus simientes de un clima a otro, perpetuando y dispersando sus beneficios, los pensamientos sublimes de los viejos autores son hurtados y luego reproducidos al día por este enjambre de plagiarios, dando después de un largo espacio de tiempo, nuevos frutos, y haciendo surgir del capullo flores nuevas”.
   Se pregunta con cierta indulgencia, si ese espíritu de plagio no será “un medio empleado por la providencia para que los gérmenes de la sabiduría y la instrucción se conserven de edad en edad a pesar de la inevitable destrucción de las obras donde nacieron”
  ¿Qué dirían sin embargo, aquellos egregios autores si viesen sus obras diseccionadas, mutiladas o injertados sus fragmentos en otros, despojados del alma que su artífice había otorgado a su obra? ¿Acaso no se reconcomerían por ver tergiversadas sus palabras, reducida toda enjundia elocutiva a un breve extracto, implantado el filón de un pensamiento excelso y claro en una oscura gruta de ampulosas elucubraciones?


        Muchas reflexiones abordadas entonces por Washington Irvin podrían tener continuidad en algunos relatos de Borges y se me antoja, que dada la condición de ávido lector de dicho autor y la fama de su antecesor, no debió ignorar el argentino la obra del estadounidense. En tal caso, podríamos ejemplificar con ambos el concepto de imitatio versus plagio, y si bien Borges habla también de laberintos y de la mencionada biblioteca de Babel en El jardín de senderos que se bifurcan, así como trata la recepción de la obra literaria en Pierre Menard autor del Quijote, muy lejos de copiar a su predecesor, enriquece y amplía sus temas, los cuales difieren sobremanera en exposición y estilo. Porque, ¿no es el hombre el mismo aunque varíen sus circunstancias? ¿No es la misma tierra la que sustenta sus inquietudes? Cuanto más profundas sean sus raíces, más grosor podrá adquirir el árbol que emane de ella y más jugosos serán sus frutos. 


2 ene 2014

Aquella Profesora de Literatura


      Recientemente, con motivo de una convocatoria de antiguas alumnas de mi generación, año que prefiero ya omitir, salió a colación el nombre de Carmen Bueno, cuyo apellido tuve que completar por haber sido por las presentes olvidado.
     
      En un ejercicio de la memoria, recorrí sin esfuerzo aquellos espaciosos pasillos, asépticos y pulcros, casi vacios fuera del horario del recreo, a no ser por alguna que otra emulación de arte románico y el coro de voces que traspasaba los muros de la capilla, cuyas puertas parecían antesala de las de San Pedro.  Una ventana siempre en el aula donde perder la mirada y diluir el hastío, porque, ¡qué tediosos me parecían los números, las fórmulas algebraicas, las demostraciones aritméticas!
     Por aquel entonces, los históricos pupitres de madera cicatrizada, horadados por anacrónicos y ausentes tinteros, que tanto me gustaban, fueron desplazados por sillas de formica con rejillas laterales y ligeras y plegables apoyaduras, más apropiados a los nuevos tiempos, que nos obligaban a retorcer las columnas al escribir.
    Un riguroso orden regía en las aulas. Las reglas marcaban los márgenes de los cuadernos; entradas organizadas en fila ascendente según estatura; pausados silencios incubaban ideas uniformadas, a cuadros, como si todo estuviese regido por el simplista maniqueísmo de lo bueno y lo malo.
      
     Una tras otra, las generaciones de familias numerosas dejaban su impronta en apellidos reiterados año tras año, favoreciendo que los profesores conservaran un currículum vitae heredado para bien o para mal, transmitido anualmente, perpetuado en las calificaciones casi de forma congénita. Difícil era romper ese anillo de moebius, el  uriboros, el siempre retorno a lo mismo. La nota de filosofía inamovible desde principio a fin, pretecnología aún siendo "maría",  y la física... prefiero las leyendas de Leonardo da Vinci…, las matemáticas, las dejo para el final. Después dirán: ¡Con lo que se esfuerza, madre, porque entre libros siempre está… si la tengo que llamar repetidas veces porque se le olvida hasta de comer!
     
     Y entonces, a Carmen Bueno, licenciada en filosofía y letras, profesora recién llegada de Castilla, le adjudican el curso de segundo B. Berceo sí y Fray Luis de León, Las Moradas de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pero también Fernando de Rojas y los Arciprestes, que estas niñas mojigatas no deben salir… Y al año siguiente Delibes, y de Carmen Laforet, no debéis perderos Nada. ¿Alguien ha leído algo de literatura hispanoamericana? ¿A Dickens, Wilde, a las hermanas Brönte? ¿Stendhal quizás? 

     Siempre la misma mano alzada. Me reprimo. ¿Por qué? ¡Para una vez que sobresalgo en algo! Bueno… hubo otra vez… en cuarto gané el concurso de pintura, la mejor versión del jarrón de rosas en cera blanda al que, aunque no estaba en el modelo original, añadí pétalos marchitos, y aquella otra descripción de un osito de peluche a principios de general básica… y el relato sobre el mejor verano… pero eso….eso ya fue al final, con ella...
      
       La recuerdo con su carita pecosa y sus ojos verdes dilatados tras los cristales, envestida con un traje de tonos tierra, su collar de cuentas, la pequeña protuberancia de su vientre que se encorvaba levemente para mejor apoyar sobre él un libro abierto, mientras de pie, frente a la clase, declamaba un párrafo con su cándida voz, trémula a ratos de emoción. Alzaba la vista con afán de plegaria y allí me encontraba, con los ojos anclados, pero ausentes, mar adentro divisando mundos imposibles o visionarios,  atraída por esa voz que solo yo parecía oír, porque aquellas palabras que desempolvaba, palpitaban, se llenaban de vida, no estaban huecas y vacías como las de otros que transcribían las frases de los libros. Realmente amaba aquellas palabras, de las cuales se apropiaba, aunque no le perteneciesen, para agasajarnos con ellas, para que nos sirviesen de algo. 
      
       Pero, ¿acaso era la primera vez que se recibía un regalo con el que no se supiese qué hacer? Eso ocurría a menudo en las clases de Carmen Bueno. Ella nos ofrecía presentes que terminaban arrumbados en cualquier resquicio de la memoria esperando su desahucio. Pero, conmigo acertó. Porque sus palabras se colaron por algún intersticio y tal cual germinaron por no sé qué extraño proceso de selección.

     Ahora cuando pienso en ella me viene a la memoria alguna de sus frases. "Elegid vuestro camino no aquél que os impongan" -nos decía, incitándonos a una mansa rebeldía, a expresarnos según criterio propio-. ¡Qué difícil singladura llegar a conocerse!
      Aquella profesora de bachillerato que nos recomendaba la lectura de Nada, en la encrucijada de la adolescencia donde puede una perderse o equivocarse al tomar la bifurcación equivocada, nos amonestaba con el trabajo duro y el sacrificio, palabras hoy en día tan en desuso. Hablaba de alcanzar el cielo con los pies en la tierra, de hacer de un instante un bello recuerdo, de una lectura, una experiencia densificada.  

     En ese álbum de imágenes que conforman mi pasado, su retrato permanece indeleble ocupando un sitio de honor: sus templados gestos, sus zapatos de tacón bajo, su media melena color avellana retenida con horquillas, repartida de forma asimétrica con la raya a uno de los lados, las manos sosteniendo un libro, y esa candidez inusual en la mirada que los años parecía no haber mancillado, siempre esperanzada en el buen dios que obraba milagros.

Gracias por el verde a través del que miro, Carmen Bueno.